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martes, 18 de octubre de 2011

“Quien se equivoca y no aprende, vuelve a estar equivocado”. Lecciones de la “Tormenta Perfecta” en El Salvador.

Nada nos regalaron,
Hemos pagado muy caro.
Quien se equivoca y no aprende
Vuelve a estar equivocado.
Tenemos venas abiertas,
Corazones castigados.
Somos fervientemente
Latinoamericanos.
Venas abiertas (Mario Schajris - Leo Sujatovich)

Octubre de 2011. Hemos atravesado una tormenta tropical producto del cruce de dos fenómenos lluviosos en el área de México y Centroamérica, y como resultado, llevamos ya una semana de lluvia ininterrumpida. Esta vez me refiero, más que a la tragedia y los estragos, a las lecciones aprendidas como país.


En 29  años -de 1982 a 2011- El Salvador ha sufrido muchas tragedias asociadas a fenómenos naturales. Estos fenómenos, propios de nuestra región tropical, han afectado el territorio, generado miles de víctimas y dejado muchas cicatrices sociales, estancamiento económico, pero quizá no el suficiente aprendizaje. Son tragedias que en buena medida ocurren en todo el mundo. Pero ahora quiero resaltar la idea que en nuestro caso, más que tragedias naturales, son tragedias sociales.

Al menos en mi memoria, he sido testigo de varios de estos desastres. Considero útil recordarlos no como un anecdotario de tragedias, sino para hacer una reflexión sobre cuánto hemos aprendido de nuestra naturaleza y de nuestro comportamiento personal y como pueblo. A ver si recuerdo bien:

1982. Deslave en San Ramón, volcán de San Salvador. (19 de septiembre). A las 6 de la mañana un alud de lodo se deslizó a gran velocidad desde el Picacho,  sobre la quebrada El Níspero en el volcán de San Salvador arrastrando árboles enteros y lodo y piedras. Olas de lodo de unos dos metros arrasaban con todo a su paso, cubriendo todo. Luego de varios minutos se divisaban muchos cuerpos humanos entre el lodo. Oficialmente se habló de unas 300 víctimas mortales. Algunos habitantes consideran que pudieron ser muchos más. Se destruyeron un total de 150 viviendas de las colonias San Mauricio, Lorena, Reparto Montebello Poniente, Santa Margarita, El Triunfo y San Luis. Los reportes indicaron que el alud se originó debido a la deforestación del volcán combinado con la saturación de agua por las lluvias. Sin embargo, a tantos años, Nuevas colonias fueron construidas con el paso del tiempo. ¿Qué indica esto?

1986. 10 de Octubre. Terremoto en San Salvador.A las 11.50 am un terremoto de 7.5 grados en la escala de Richter dejó más de mil personas fallecidas, más de cien desaparecidos, 10 mil heridos y 15 mil damnificados. Fue la capital, San Salvador, la más afectada. El epicentro del fenómeno natural se ubicó en la zona de Los Planes de Renderos. Quedó marcado en la memoria el desplome de la escuela Santa Catalina en San Jacinto, donde fallecieron al menos 42 alumnas; del edificio Rubén Darío, hotel Gran San Salvador, el edificio Dueñas y daños graves en infraestructura importante como el hospital Benjamín Bloom. ¿Basta decir que somos el “Valle de las hamacas”, nada más?

1998. Octubre. Huracán Mitch. Afectó especialmente a las comunidades de la costa del Pacífico en la zona oriental, ubicadas en los márgenes de los ríos Grande de San Miguel y Lempa en Usulután y San Vicente. Causó 240 fallecidos, 10 mil familias damnificadas y daños económicos al país de $260 millones. Muchas personas campesinas en su mayoría, tuvieron que luchar por salvar sus vidas y ver cómo el río se llevaba a familiares y sus casas.

2001. Terremotos del 13 de enero y 13 de febrero.  El primero afectó principalmente a San Salvador y La Libertad. Dejó cerca de mil víctimas mortales, 8,000 personas heridas, 41,302 viviendas destruidas, 1millón 360 mil personas damnificadas, 37 desaparecidas, 92 soterrados,  5 Hospitales y 111 escuelas dañadas. Quedó grabado en nuestra memoria el deslave de la residencial Las Colinas en Santa Tecla. Un enorme alud cayó desde la cordillera del bálsamo soterrando decenas de casas y cientos de personas. El segundo afectó principalmente los departamentos de Cuscatlán, particularmente la ciudad de Cojutepeque, y San Vicente. Causó 315 víctimas mortales, 3,400 heridos, 32 mil viviendas destruidas, 252 mil personas damnificadas, 37 desaparecidas, 39 soterradas.

2005. Mayo. Huracán Adrián. Fue una “huracán mediático”. Los principales medios sembraron la idea de que por primera vez enfrentaríamos un huracán como los que azotan México, Cuba o Florida, es decir con fuertes vientos de unos 150 km/h que vuelan puertas, ventanas, árboles y techos. El único daño fue la sicosis generada que llevó a cientos de capitalinos a llenar los supermercados para abastecerse de artículos de subsistencia ante una inminente calamidad (alimentos, velas, fósforos, linternas, etc.). Conforme la noche iba entrando la expectación creció. Fue a partir de las 10 pm en que la población se enteró que nada ocurriría. Al día siguiente, todo en calma, muchos se dedicaron a desmontar las defensas (colchones, tablas y demás pertrechos) con los que habían asegurado puertas y ventanas.

2005. Octubre. Huracán Stan. La primera semana de octubre inició el efecto de las fuertes lluvias que causaron al menos 50 víctimas mortales, 33,718 personas damnificadas. Este se sumó a los estragos causados por el volcán Ilamatepec en Santa Ana el 1 de octubre.

2008. 3 de Julio. Colonia Málaga. A las 9 de la noche 30 miembros de la Iglesia Cristiana Elim regresaban a sus casas cuando el bus en que se conducían fue atrapado por el desbordamiento del río Acelhuate. Fue imposible mover la máquina, los ocupantes veían como el agua subía al nivel de las ventanas. Dos muchachos lograron subir al techo del bus, ambos hermanos. Uno se salvó y el otro desapareció. Los vecinos escucharon los gritos impotentes ante la fuerza del agua. La tragedia se produjo ante la insuficiencia que las quebradas que atraviesan la capital tienen para evacuar las aguas que bajan debido a la deforestación para construcción de urbanizaciones y carreteras en la parte alta de la ciudad y la negligencia para la construcción del muro de contención en esa zona del río que ya había dado anuncios en tormentas anteriores. Ante la indignación pública, muchos ciudadanos y la Iglesia Elim se movilizaron para denunciar el hecho y demandar medidas de mitigación.

2009. Noviembre Tormenta Ida. En una sola noche, hubo una precipitación equivalente a la de la tormenta desatada por el huracán Mitch. El efecto devastador se concentró en las faldas del volcán Chinchontepec y zonas bajas de los departamentos de San Vicente y Usulután. El resultado en pocas horas fue de 130 fallecidos y más de 10.400 damnificados, 3.400 casas con daños severos en su infraestructura, así como 209 viviendas completamente destruidas.

2011. Depresión Tropical. La actual tormenta inició el lunes 10 de octubre, ya llevamos 8 días ininterrumpidos. Hay por ahora 32 personas fallecidas, 3 desaparecidas, 150 mil personas afectadas, 80 comunidades anegadas, 18,445 viviendas inundadas. En una semana ha caído la precipitación de unos dos meses de invierno regular. Una vez más, el territorio muestra su vulnerabilidad y ya comienza a configurar una nueva calamidad. Una vez más, se han encendido las alarmas, la movilización ciudadana, del estado, de los cuerpos de socorro, las iglesias e instituciones altruistas. Sin embargo, temo que para la navidad próxima, en unos dos meses, nos olvidaremos de los que aún estarán luchando por sobreponerse de esta situación. Mientras tanto, las vidas que se perdieron, no serán recuperadas más.

GRÁFICO DE LOS PRINCIPALES DESASTRES SOCIALES EN LOS ULTIMOS 29 AÑOS
(Haz CLIC sobre la gráfica para ampliarla)


Los costos de todo han sido demasiado caros, como dicen Mario Schajris - Leo Sujatovich en su canción “Venas Abiertas”, como para no aprender y tomarnos en serio esta coyuntura. Dejo estas reflexiones que quizá contribuyan un poco a ser creativos y encontrar salidas, cosa que he querido simbolizar en la foto del encabezado, captada en Miralvalle, al norte de San Salvador, donde un ciudadano fabricó su propio porta sombrilla elaborado con madera, lo que le dejaba las manos libres para cargar sus comprados.

Aprender la esperanza activa.
Los especialistas dicen que en los últimos 3 años el nivel de riesgo en el territorio del país ha aumentado el 5% y resumen que se debe a la “falta de una cultura de prevención de desastres”, y la “falta de control estatal en las políticas de desarrollo nacional.” Estoy totalmente de acuerdo, pero quisiera exponer la idea que motivan estas líneas:

Es necesario ir más allá de subrayar la responsabilidad del estado y las instituciones obligadas a velar por la seguridad y bienestar de los salvadoreños; es decir, preguntarnos qué tanto somos parte de un complejo engranaje que construye el desastre. Los deslaves solo son el síntoma de un padecimiento más profundo: Una anemia grave en nuestra sociedad, en la participación ciudadana ya sea por miedo, por comodidad o ambas; una conducta cada vez más insolidaria en el día a día, particularmente en las grandes ciudades, donde se concentran las mayores oportunidades. Nos hemos dejado quitar poco a poco no solo los recursos naturales -defendidos a veces con la sangre y la vida por algunos buenos salvadoreños, como el caso del movimiento contra la minería en Cabañas- y con ello, parte de nuestro patrimonio moral: el sentido de la vida y dignidad humana. Solemos aparecer cuando las catástrofes ocurren, unos más otros menos; ya muchos, nada. Pero una vez todo pasa, entra a funcionar la desmemoria y la miopía para tejer nuestro futuro.

Vencer al huracán desarrollo.
Mientras se insista en la idea de que el desarrollo de un país se mide por la cantidad de centros comerciales, edificios de lujo y mega carreteras, o por los “indicadores macroeconómicos”, esos que solo los grandes empresarios y economistas de corbata entienden, y no por indicadores tales como la disminución de zonas de riesgo ante fenómenos naturales, un mayor acceso a la salud, la educación y la capacidad adquisitiva de la población más humilde (como la que nos conmueve ahora al verles por TV desamparados, sin ropa, sin techo, sin abrigo, sin alimentos, sin dignidad); entonces, seguirá ocurriendo una y otra vez la tragedia como una fatalidad. Es necesario detener y replantear el camino que llevamos de ese falso desarrollo, de apariencias y beneficios de muy pocos en prejuicio de cientos de miles. Es hora de poner a las personas por delante del dinero y proyectos impuestos por las multinacionales y el BM. Independientemente del partido político que tenga el poder, es la población la que tiene que darse al fin por enterado que tiene toda la capacidad social y moral para premiar o castigar a aquellos que no cumplen con lo que se les ha encomendado en sus cargos públicos.

¿En qué Dios creemos?
Algo que perpetúa la calamidad, la pobreza y la angustia de tanto salvadoreño (sí, esos que hoy nos generan tanta compasión al verlos por la TV llorando sus casas perdidas, sus familiares fallecidos) es todavía creer o pretender creer que esta indigna realidad es deseada por ese que curiosamente llamamos “Padre misericordioso”. Dios no es un amuleto al cual podemos manipular con nuestros golpes de pecho o el porcentaje con el que engrosamos las alcancías de los pastores de la iglesia que sea. Es ingenuo pretender todavía decir que aquella familia se ahogó porque así lo quiso Dios. Con estas posturas ingenuas y ya más que vencidas, de un solo “delete” o un “ctrl+alt+suprimir” enviamos a la papelera de reciclaje nuestros archivos secretos de complicidad con la desgracia ajena. Un Dios misericordioso, sabio, todopoderoso, no puede tener por hijos a gente inmisericorde, cómoda y sentimentalista pero que no actúa. Dios está ahí para inspirarnos, para mostrarnos el camino y acompañarnos, pero no para andarlo por nosotros. Es necesario entender que estas tragedias no son voluntad de Dios, ni culpa de la naturaleza. Son responsabilidad nuestra, de todos de alguna forma y ya viene siendo hora de que la asumamos. Que pongamos en realización su proyecto siempre soñado: la felicidad y dignidad, que no despreciemos su creación creando nuestro propio apocalipsis, el que nos venden en las actuales películas de profecías y leyendas.

Queriendo aprender de la realidad que nos deja costos demasiado caros. Deseo, por ahora, proponer lo siguiente:

Educar y movilizar. A pesar de tanta desgracia trabajemos por promover, practicar, asumir una “esperanza activa” es decir aquella que con optimismo sabe que un tiempo mejor puede y tiene que llegar, pero no sin la convicción y el compromiso de un cambio de actitud, de dejar la mediocridad y la comodidad que tanto se nos ofrece como estilo de vida y pasar a la acción, el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo por sumar más personas a una conciencia mayor, a madurar. Esto es posible creando conciencia en más y más personas a través de la educación, sacando provecho para nuestro beneficio de las redes sociales (y no que ellas hagan uso de nosotros), participando o impulsando campañas con grupos, por pequeños que sean, para que conozcan la realidad de los que más sufren, los que siempre están bajo riesgo, invisibilizados todo el tiempo. Aquellos cuya lucha por sobrevivir ocurre los 365 días del año, aunque no haya diluvios ni terremotos.

Es necesario desaprender los mitos que no nos dejan ser mejores, es necesario incluir a todos y todas, a la niñez y la juventud, demostrarles que lo bueno cuesta y que existen las palabras compromiso, sacrificio, entrega, servicio y gratitud. A los profesionales, que no solo se trabaja para ganar y vivir bien, sino para servir y transformar para bien la realidad. A los hermanos lejanos, como le llamamos a los que se han ido a buscar mejores oportunidades, a que enseñen a sus familiares a invertir su dinero, ganado con tanto sacrificio y no a gastarlo en inutilidades. Aquí ya no vale decir “es mi dinero y lo gasto como quiera”, de ese tipo de pensamiento tan mercantilista y banal, como de tantas otras que hay que desaprender, se nutre la desgracia que este país ahora está llorando.


Cambiar de actitud. Tendríamos que combatir la “esperanza ingenua”, la del optimismo sentimental, inmediatista, de corto plazo, de contexto, que se disuelve con el pasar del tiempo, en cuanto pasan las tragedias. De no permitir que los oportunistas se aprovechen de las tragedias y de nosotros como espectadores, como consumidores de desgracia ajena, a cambio de ganancias políticas partidarias, económicas o religiosas inclusive. Que así como personas individuales, también colectivamente y como país, maduremos.

El modelo de país de la posguerra lo hundió en el ritmo del mercado proponiéndonos dejar de ser ciudadanos y volvernos consumidores, afanados más en tener que en ser. Sutilmente se nos condiciona a ser amnésicos, miopes, cojos, mancos y miedosos. Se nos ha querido ungir con la filosofía del “no veo, no oigo, no hablo. Amén”. Eso sí, cuando suenan las teclas de las cajas registradoras de los que defienden y patrocinan este modelo, aparecen las banderas del nacionalismo hipócrita, tan infructífero como pasajero: aparecen las teletones, las jornadas de “selecta azul y blanco” donde todos somos hermanos y salvadoreños de corazón. Pero una vez hechas las facturaciones, como decimos popularmente: “si te vi, no me acuerdo”. Estas conductas reflejan la necesidad de cambiar todos, de impulsar y educar nuevas generaciones más humanas, más situadas en la realidad y más responsables consigo mismos y con las nuevas generaciones que heredarán este país que estamos garabateando.


Ojalá esta nueva tragedia, que precede seguramente a otra y otra, no sea desperdiciada. Aprendamos, pues lo estamos pagando muy caro. Cierro mi humilde reflexión con esta hermosa canción que precisamente nos invita a hacer un giro nacional y regional:


Venas abiertas
(Mario Schajris - Leo Sujatovich)

América Latina
Tiene que ir de la mano
Por un sendero distinto
Por un camino más claro
Sus hijos ya no podremos
Olvidar nuestro pasado
Tenemos muchas heridas
Los latinoamericanos.

Vivimos tantas pasiones
Con el correr de los años
Somos de sangre caliente
Y de sueños postergados
Yo quiero que estemos juntos
Porque debemos cuidarnos
Quien nos lastima no sabe
Que somos todos hermanos.

Y nadie va a quedarse a un lado
Nadie mirará al costado
Tiempo de vivir
Tiempo de vivir
Nada de morir
Vamos a buscar lo que deseamos
Nadie va a quedarse a un lado
Pronto ha de llegar
Tiempo de vivir.

Nada nos regalaron
Hemos pagado muy caro
Quien se equivoca y no aprende
Vuelve a estar equivocado
Tenemos venas abiertas
Corazones castigados
Somos fervientemente
Latinoamericanos.

Y cuando vengan los días
Que nosotros esperamos
Con todas las melodías
Haremos un solo canto
El cielo será celeste
Los vientos habrán cambiado
Y nacerá un nuevo tiempo
Latinoamericano.

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